Almas globales en pena

No es sencillo ser parte de esta aldea global. Nos sentimos agobiados, aplastados, desbordados, mareados, infoxicados en esta marea de información. Imágenes, frases, amigos, noticias, canciones, twitters y hasta el desayuno de esta mañana pasan como una vorágine ante nuestros ojos. Paren. Siento que hay algo que se nos está pasando por alto.

En La Divina Comedia, Dante Alighieri junto a Virgilio, llega al segundo círculo del infierno; allí se encuentra con los lujuriosos, quienes por haberse visto arrastrados en el deseo irrefrenable de la pasión ahora deben expiar sus pecados de la misma manera: siendo arrastrados por una tormenta que, al igual que nosotros, no para nunca.

La borrasca infernal, que nunca cesa,

a las almas arrastra en sus embates:

volteando y golpeando las molesta.

(…)

Comprendí que tormento semejante

se les da a los carnales pecadores,

que la razón someten al deseo.

(…)

aquí, allí, abajo, arriba empuja;

ya ninguna esperanza los conforta,

no de reposo, mas de menor pena.

Dante se encuentra con Francesca y Paolo, dos amantes de la época  sometidos a este tormento. Y una, que leyó al Dante en plena adolescencia no puede menos que sentirse identificado con estos pobres corazones que no paran de girar en torbellino, arrastrados por pasiones que no pueden dominar.

Un poco así nos sentimos hoy, en medio de esta aldea global, maltratados por los embates de la tecnología no paramos, no podemos parar. ¿No podemos o no queremos? Porque al igual que Paolo y Francesca sospecho que hay algo de pasión escondida en toda esta queja hacia la aldea global.

En 1962, cuando Marshall McLuhan escribió La galaxia Gutenberg, acuñó este término. Al igual que los nativos de una tribu alrededor del fuego, nos vemos hoy sumergidos frente al calor de nuestras pantallas. Así como la imprenta introdujo una nueva manera de acceder a la cultura y un nuevo modo de sentir, donde cada uno se replegaba en la comodidad de una lectura culta, reflexiva, pero indudablemente individualista y aislada; de la misma manera, las nuevas tecnologías también traen nuevos modos de acceder a la cultura y a la información y nuevas maneras de sentir. En algún punto quienes nos sentamos frente a nuestras pantallas para escribir esta entrada a un blog, o para conectarnos via skype con las caras de quienes viven lejos, o para sorprendernos con la últimas noticias del otro lado del océano, estamos haciendo lo mismo que nuestros lejanos antepasados hacían: sentarse alrededor del fuego a compartir.

No intento ser una optimista ni una integrada a ultranza, pero me parece interesante rescatar que así como el deseo de los amantes italianos era mal visto y castigado, nuestra aldea global también tiene mucho de pasión y de culpa. Es hora de amigarnos con estas cuestiones, y en lugar de ver sólo el pecado encontrar en estas nuevas formas de sentir, una apoximación a lo que fue la comunicación antes de la llegada de la impenta. Cientos de generaciones tansmitieron a través de lo oral y de las imágenes. Durante siglos la palabra escrita para la mayoría sencillamente no era parte de sus vidas: la comunicación se daba entonces a través de lo colectivo. Me quiero quedar con esta idea: más allá de cualquier vértigo, es innegable que, al igual que nuestros antepasados hemos vuelto, de una manera distinta, a un tipo de conexión tribal.

Mashall McLuhan entendía que la aldea global funcionaba como extensión de nuestro cuerpo, y al mismo tiempo que nos pemitía ciertas cosas, inhibía alguno de nuestros sentidos. Pero eso ya lo sabíamos: todo no se puede. Entonces, en honor a McLuhan que en 1962 entendió mejor que nosotros lo que iba a pasar, y en honor a Paolo y Francesca que el único pecado que cometieron fue amar, aflojemos la guardia, paremos un poco, disfrutemos de las bondades de ésta, nuestra aldea global que con sus defectos y errores, también nos ha devuelto un modo de percepción colectiva, tribal, social y compartida que teniamos descuidada.

El beso, de Rodin

Termino esta entrada con esta bella imagen de la escultura El beso, de Rodin. Está inspirada precisamente en las figuras de Paolo e Francesca quienes si vivieran hoy, seguramente pecarían de pasar horas en el chat, retwitteándose o dándose toques en el facebook.

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