El juego de las diferencias: cinematógrafo y cine

En mi post anterior escribí sobre el juego, su relación con los medios y específicamente sobre los juguetes ópticos, grandes atracciones del siglo XIX que despertaron la fascinación de sus contemporáneos. Inventos como el fenaquitoscopio o el fusil fotográfico se basaban en el principio de la persistencia retiniana, y por ende, lo que intentaban era crear una ilusión: la de la imagen en movimiento. En la historia de los medios todos estas invenciones se consideran antecedentes del invento de los hermanos Lumière : el cinematógrafo. Para que esto ocurra se dió, como en muchos otros casos, una maravillosa combinación entre espíritu científico, dominio de la técnica e interés artístico.  Auguste y Louis Lumière realizaron la primera proyección cinematográfica el 28 de diciembre de 1895: exhibieron los cortos que venían realizando ante un puñado de espectadores; proyectaron La llegada del tren a la estación (L’arrivée d’un train a la Ciotat”) y La salida de la fábrica Lumière (“La sortie des usines Lumière”), que causaron maravilla y pavor. Pese al tímido inicio en los días subsiguientes se siguieron las proyecciones frente a una audiencia cada vez más numerosa e interesada. El dato curioso es que ante la proyección del tren llegando a la estación los espectadores se agachaban e incluso se paraban de sus asientos.

Más allá de lo anecdótico o del simple dato histórico, ¿Porqué hablamos de cinematógrafo y de cine? Bienvenidos al juego de las diferencias: Cuando Auguste y Louis crearon el cinematógrafo no lo hicieron con la intención de contar una historia, ellos estaban simplemente fascinados por la posibilidad de documentar la realidad tal y como la veíamos. Fue George Méliès quien unos años más tarde le daría a este invento las características que hoy predominan: la de contar historias. Méliès había asistido a la primera proyección del cinematógrafo Lumiére y a partir de entonces no paró en su deseo de realizar lo mismo, y fue así que logró sus primeros cortos. Sin embargo, el giro insospechado lo dió en 1902 con la filmación de “El viaje a la Luna“. Sin quererlo realiza un salto cualitativo en la historia de los medios: es el paso del cinematógrafo al cine. Por primera vez, utilizando la técnica de los Lumiére se cuenta una historia, se narra, es decir, se utiliza para fines que no son documentales sino expresivos. Para una sociedad burguesa donde el valor estaba puesto en la razón, la ciencia y la productividad Méliès se ubicaba en las antípodas: era un soñador, él no venía ni de la ciencia, ni de la fábrica, sus orígenes se remitían al teatro. El filósofo Edgard Morin escribió un ensayo donde describe la transformación del cinematógrafo, como invento con finalidad científica, que valora la función documental y el realismo, hacia el cine, como máquina expresiva para producir algo imaginario. Para Morin es George Méliès quien revoluciona el medio audiovisual al permitir el paso del cinematógrafo al cine: Méliès saltó con los pies juntos sobre el espejo tenido por Edison y los hermanos Lumière y fue a dar en el universo de Lewis Carroll. La gran revolución no fue sólo la aparición del doble en el espejo mágico de la pantalla, sino también el salto sobre el espejo. Si, original y esencialmente, el cinematógrafo Lumière es desdoblamiento; el cine Méliès, original y esencialmente, es metamorfosis” (1).

Lo que hoy nos parece evidente – que el cine sea considerado un arte – no resultaba tan obvio a principios del siglo pasado. Antonio Costa, teórico del cine, señala: Según Kracauer, las filmaciones de lo real de los Lumiére, en cuanto anónimas y aparentemente insignificantes, expresan ya la verdadera vocación del cine, que es la realista […] Por consiguiente, las extravagantes fantasías de Méliès […] constituyen una especie de traición a la auténtica naturaleza del cine” (2). Sí mis queridos lectores: aunque no lo crean Kracauer manda a Méliès al último círculo del infierno, el de los traidores, junto a Judas Iscariote.
Los invito a alejarse del verismo burgués excesivamente preocupado en la utilidad y les propongo un viaje onírico, bastante parecido al de los juegos infantiles.

(1) Morin, E.  El cine o el hombre imaginario, Buenos Aires, Paidós , 2001.
(2) Costa, A. “El cine mudo”, en Teorías del cine, Buenos Aires, Paidós, 2001.
 


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