Mirá bien lo que hay en tu sopa

A diferencia de Mafalda, a mí me encanta la sopa, pero la verdadera, la que se hace con paciencia y con sabor. A los amantes de las sopitas rápidas y los calditos de enfermo les propongo una retirada honrosa. Esto es sobre sopas contundentes y reconfortantes, como las que hacían las abuelas. Yo trato en los inviernos de repetir ese ritual: el frío me encuentra picando cantidades industriales de verdura, caramelizando montañas de cebolla, licuando zapallos y remolachas que se convertirán en el alma de la cena. Pero sé que no me salen tan ricas como las de nuestras abuelas y madres, y no es solamente porque no tenga esa mano, o me negaron parte de la receta, es simplemente porque los zapallos, las cebollas y las remolachas que yo compro son muy diferentes a las que se compraban hace unos años. Créanlo o no, de alguna manera todo esto tiene que ver con el tema de la semana: la ley S.O.P.A, porque así como las leyes de propiedad intelectual y el derecho a la información son ejes centrales de la Cultura libre, la soberanía alimentaria también lo es.
¿Qué es la soberanía alimentaria? Les pido que no claven escarbadientes con banderitas en sus papas, no es así como se libra esta batalla. Esta es la definición que surgió del Foro por la Soberanía alimentaria en Roma, en el 2002: “La soberanía alimentaria es el DERECHO de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias únicas. Esto incluye el verdadero derecho a la alimentación y a producir los alimentos, lo que significa que todos los pueblos tienen el derecho a una alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, y a la capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus sociedades.” ¿No es linda? Además fue real durante miles de años, años en los que los pueblos cultivaban sus suelos con respeto, producían sus propios alimentos, aprendían de la tierra y de lo que ella tenía para ofrecerles, se autoabastecían, guardaban e intercambiaban semillas….ah, también intercambiaban conocimiento, un conocimiento que se incrementaba con el paso del tiempo porque pasaba de generación en generación enriqueciendo a toda la comunidad. Las semillas no sólo permitían la vida sino que representaban una forma de vivir y de relacionarse con los demás. Existen todavía millones de campesinos que mantienen este estilo de vida, alejados de los controles de empresas y gobiernos, todavía subsisten y han podido lograr su autonomía gracias a que entienden el significado profundo de las semillas y su siembra. Lamentablemente los países tienen cada vez menos campesinos y más políticas agrarias, políticas que se alejan de estos saberes milenarios y se acercan a los cánones de rendimiento, productividad, bla, bla, bla. Mientras el hambre no cesa, nuestros gobiernos, aliados con las grandes empresas, dicen que nos ofrecen más alimentos a menor precio.
El romance entre gobiernos y empresas lleva muchos años, la historia es larga, pero puede resumirse en que las semillas (que antes eran de bien público) ahora tienen dueño; primero fueron los híbridos que intentaban estandarizar las semillas y este fue el primer paso para desalentar la variedad (biodiversidad) y el intercambio de semillas, luego fueron los agroquímicos que implicaban la destrucción de los suelos y de todo lo que estuviera a su alrededor, provocando no sólo la desaparición de algunas especies sino también la desertificación de los suelos, finalmente llegaron los transgénicos (semillas diseñadas genéticamente) que a través de las patentes de las semillas directamente nos sumieron en la esclavitud de su negociado. Hoy las semillas se patentan, y esas patentes tienen dueño: son un puñado pequeño pero poderoso de trasnacionales. Hasta hace sólo 30 años las empresas de semillas a nivel mundial eran más de 7000 y ninguna tenía el 0,5% del mercado, hoy en cambio entre Monsanto, Dupont y Syngenta tienen el 44% del mercado mundial (y sigue creciendo). Monsanto va a la cabeza y lamento informarles que la Argentina está entre los primeros países de superficie cultivada con transgénicos (junto con Estados Unidos y Brasil).
Parece ridículo que pueda patentarse una semilla o un gen, pero es verdad, controlar las semillas no es más ni menos que controlar la vida. Las semillas transgénicas son dependientes de agrotóxicos, así que no sólo te obligan a comprar sus semillas sino que además para que te rindan (y te maten) vas a tener que seguir comprándole a las grandes empresas sus productos. Para producir cultivos, muchas semillas transgénicas necesitan sí o sí químicos determinados que también son producidos por las mismas empresas (lo que se  dice un negocio redondo). Pero hay más: está la tecnología transgénica llamada Terminator, que impide que la semilla pueda reutilizarse, es decir, se planta, crece, se cosecha, da frutos y evidentemente da semillas, pero esas semillas son estériles, no pueden volver a cultivarse.

Quiero ser clara: empresas como Monsanto que cuentan con el beneplácito de los gobiernos (incluidísimo el nuestro) son sinónimo de hambre, desertificación y muerte.

Frente a esto nos queda la cultura libre, la que odia una S.O.P.A. pero ama otras. El 16 de mayo de 2007 una red de campesinos mexicanos elaboró colectivamente una Declaración para defender su maíz nativo (1). Estos son algunos de sus puntos:

  • “Reivindicamos los cultivos propios que fomentan la soberanía alimentaria de nuestras comunidades. Quieren impedir que sembremos para comer y así hacernos dependientes y esclavos y que comamos la basura que producen las grandes empresas. Nuestros propios cultivos son la mejor alternativa para la defensa de los pueblos y la construcción de nuestra autonomía.
  • Reafirmamos como lo más importante la fuerza de lo sagrado que significa nuestra vida en comunidad, como sembradores, y nuestro cuidado del territorio que expresamos en nuestros ciclos y ceremonias. Cada vez valoramos más la riqueza que tenemos, una que no tiene nada que ver con el dinero.
  • El maíz, origen de nuestros pueblos, sigue siendo el centro de la vida, de la cultura, de la inteligencia y de la sabiduría. Si seguimos haciendo nuestro cultivo como nosotros sabemos sin meternos con la tecnología, la agricultura de nuestros pueblos va a seguir adelante en la historia y nosotros seguiremos también con la ayuda del maíz construyendo la autonomía desde nuestros territorios”. 
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(1) Revista “Biodiversidad, sustento y culturas”, número 55, enero de 2008.

Para seguir informándose y enojándose:

Nota muy completa de Bolsón web sobre Monsanto en la Argentina. Leer aquí.

Más datos en esta nota de Rural Noticias. Leer aquí.

Informe sobre Monsanto en la Argentina. Leer aquí.

Y para empezar a hacer: leé las etiquetas de los productos que comprás, un producto con más de 5 ingredientes es demasiado elaborado. Comprá en mercados locales y negocios de barrio, consumí productos con poco packaging, comprá verduras de tu región y de estación. Evitá consumir alimentos que contengan derivados de soja y maíz. Informate. La información y la alimentación son derechos humanos, son Cultura libre.

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