Frío, frío, tibio….caliente

Me acuerdo del juego simple para matar la hora de la siesta en la que no se podia hacer ruido. El juego consistía en esconder un objeto y que otro tuviera que encontrarlo, para eso sólo se le podía indicar si estaba cerca o lejos de su botín con las palabras “frío”, “tibio” o “caliente”.  Lo mejor del juego era la voz del guía, que nos alentaba con su tono: el escondedor, si estábamos cerca, empezaba a repetir cada vez más rápido la palabra “caliente”. Si nos alejábamos, por el contrario, su voz se volvia triste y cansada, al mismo tiempo que nos decía “tibio, tibio, más tibio, frío”. Además apelábamos a la creatividad lingüística inventando palabras que no estaban en las reglas; y así, nos encontrábamos diciendo cosas como: “hirviendo”, “congelado”, etc. La voz y el lenguaje eran para mí los protagonistas de este juego, el secreto de que lo repitiéramos una y otra vez.

Escuchar una voz con sus inflexiones y sus embestidas nos hace sentir humanos. Reconocer una voz o adivinar quién es, imaginar cómo se ve alguien que solamente escuchamos. La voz es parte fundamental de nuestra identidad y nos constituye como seres únicos e irrepetibles. Como nos pasa a casi todos, cuando escucho mi voz, no me reconozco, la siento tonta y ajena : “esa no soy yo” me dice una que retumba en mi cabeza más grave y encantadora. Así que prefiero hablar de las voces de otros. Prefiero contarles de la radio, mi medio de comunicación preferido.


photo credit: Brandon Christopher Warren via photopin cc

La radio, o mejor dicho, el lenguaje radial utiliza cuatro elementos: la voz, la música, los efectos de sonido y el silencio. Para mí la buena radio es un arte, me reí, lloré, me enojé, salí a la calle, me quedé dormida, alguien me habló, me acompañó, metió el mundo en mi casa. La ventaja de la radio es que tiene que dar todo precisamente con los 4 elementos que la hacen posible. No cuenta con otros recursos, y es por eso, que esta aparente desventaja con respecto a otros medios, la convierten para mí, en el medio que por excelencia sabe explotar a fondo todos sus recursos. Hay voces inconfundibles.
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Pero quiero contar acá una anécdota personal, que describe muy bien la magia de la radio. Era el año ’99 y yo escuchaba un programa todas las mañanas que se llamaba “El parquímetro”. No tenía tele.  Enseguida les conté  a mis amigas Pato y Andy que no podían dejar de escuchar a un mexicano que era terrible. Luego, meses después, Pato me dijo que aquel mexicano había ido al programa de Susana Giménez y que en realidad era un actor que se llamaba Peña y que además de Dick Alfredo (aquel mexicano) era Milagros López (la gusana que acompañaba a Lalo), era Palito (el pibe villero), era Porelorti (el político corrupto), era La Mega (la locutora travesti). Era imposible, le dije. Frente a su “No, es verdad, lo ví en la tele”, seguí empeñada en mi realidad. Mi realidad era que cada mañana había un montón de gente en un estudio que se contestaban entre ellos, que pensaban distinto, que se sorprendían frente a las respuestas de los demás y además, que se pisaban (témino que en la radio se usa para decir cuando uno habla sobre el otro). Punto. Le creía a la radio. Semanas después, en un invierno en Montevideo, escuchaba en la radio un programa donde estaba Milagritos López. Y entonces la magia ocurrió otra vez: la vieja cubana empezó a leer un cuento, “Canguros” se llamaba. Y su voz la delató: hacía pausas en la lectura que yo ya había escuchado, elevaba la voz en ciertas palabras, tal como yo ya lo había escuchado. Entonces me dí cuenta: Dick Alfredo había leído ese mismo cuento en su programa de Buenos Aires, haciendo esas pausas exactas, enfatizando esas mismas palabras. Me dí cuenta y empecé a golpear las puertas cerradas de los cuartos mientras gritaba “Dick Alfredo es Milagritos López”, mi familia, acostumbrada a mis arranques radiales, se autoconvocó alrededor de la radio. “Dick Alfredo es Milagritos López”,  lo decía como si hubiera descubierto la pólvora, lo decía porque yo no le creía (y no le creo) ni a la tele, ni a la “Su” Gimenez . A lo que sí le creía era a la voz, uno de los cuatro pilares de la radio. Te delató la voz. A partir de entonces acepté que los personajes no se pisaban en el estudio (hasta entonces lo había sostenido pese a la falta de pruebas), a partir de entonces pese a saber que era uno, yo seguía imaginando en mi cabeza a La Mega, a Roberto Flores, a Palito…la magia de la radio.

No sé si extraño a Fernando Peña, pero estoy segura de algo: extraño su voz y lo que hacía con ella en la radio. Y mientras escucho sus audios para compartirlos con ustedes en mi blog, ¿Adivinen qué? Me río otra vez, me sorprendo otra vez y me encuentro llorando otra vez.

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Y para terminar esta entrada sobre la radio y sobre uno de sus elementos: la voz, me pareció lindo terminarlo con una de mis canciones preferidas. Escuchen este bellísimo vals peruano que me acompañó toda mi infancia en la voz de Tania Libertad y que se llama, como no podía ser de otra manera, “Tu voz”

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3 pensamientos en “Frío, frío, tibio….caliente”

  1. Las mañanas del Parquímetro me devolvieron a los treinta la magia que el Negro Dolina y Radio Bangkok aportaron al final de mi adolescencia. En ese momento laburaba con el Negro Adrián en un taller de electrónica y creíamos firmemente en la existencia de cada uno de esos personajes como habitantes, cada uno, en las respectivas personas que los interpretaban. Al punto tal de que, una semana antes de “la revelación”, recuerdo que el Negro Adrián -buenazo y sensible él-se ponía mal porque Palito y Dick bardeaban y hacían enojar a Milagritos… en fin, cuando nos enteramos nos queríamos matar…
    En mis épocas de talleres técnicos escuché muchísimas horas de radio. Pocas tan mágicas como las que Fernando Peña pudo crear

    1. Tenemos parecidos gustos radiales Ricardo: Otra anécdota radiofamiliar: a Dolina lo escuchaba hasta quedarme dormida, mis hijos lo escucharon desde la panza y obligada por uno de ellos hace 2 veranos, por primera vez, fui a ver radio en vivo en el auditorio de Radio Nacional. La radio es lo más. Eso sí: al negro Dolina más vale escucharlo que verlo =P

      1. Sí, es raro “ver” la radio. Alguna vez fui a ver a Lalo en sus mañanas de Radio Del Plata allá por los ’90. Era raro, pero igual estaba bueno. Con Lalo todo está bien. Lo malo fue concurrir alguna vez a una reunión de oyentes. Tenía un incómoda sensación en aire de “que estoy haciendo acá..”.
        Era un oyente bastante participativo, luego de escuchar como venía la mano pensaba en algo y se lo dictaba a la telefonista (Kati?). Pensándolo bien, creo que mi mensaje diario entraba perfectamente en 140 caracteres. Curioso ¿no? O quizás no tanto…

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