Me cree, mucho, poquito, nada

“La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”.   Mario Vargas Llosa.

Hay quienes sostienen que el amor no existe, que es una construcción social, un ideal burgués, en fin, cada cual tendrá su postura al respecto y yo me reservaré la propia para no ofender a lectores sensibles, pero creo no equivocarme cuando digo que la Verdad (así con mayúsculas y toda rimbombante) no existe. La verdad (ahora sí en minúsculas, a ver si le sacamos dramatismo a esta entrada) es un ideal, una pretensión: tendemos a la verdad, buscamos la verdad, nos aproximamos a la verdad. Es como la zanahoria del burro. Por eso me encantó arrancar la clase de la semana pasada juntándolos en grupos para que respondan: “Primera pregunta: ¿Qué es la verdad?” Y hoy escuché las respuestas. “La verdad es un absoluto”. “No hay una verdad, hay muchas verdades”. “La verdad son los hechos”. “La verdad es algo subjetivo”. Y muchas más, podríamos haber discutido semanas, me animó a decir que podríamos haber arreglado el mundo en 40 minutos…pero no. Pasamos a cosas más triviales.

Nos pusimos a pensar en los medios y especialmente en algo llamado contrato de lectura. El contrato de lectura es el nexo, el lazo que el medio propone a sus lectores, es el modo en el que les presenta la realidad. No es sólo lo que dice, sino cómo lo dice, lo que en la teoría de la enunciación se conoce como las “modalidades del decir”. Así, cada diario por ejemplo, propone un contrato de lectura diferente por más que trate sobre los mismos temas que el resto de los diarios. Veamos por ejemplo estas tapas del mismo día:

Clarín anuncia las cifras en rojo sangre y califica el hecho de tragedia. Una gran foto es muestra contundente de lo sucedido, donde se mezclan las caras y cuerpos atrapados y el intenso trabajo de los rescatistas.

La Nación elige calificar lo ocurrido como un “horror” más que como una tragedia, y si bien menciona en sus títulos las cifras de muertos y heridos, no lo resalta tan efusivamente como su par, el diario Clarín. En lugar de una única gran foto decide mostrar varias que relaten distintos aspectos del mismo hecho: las tareas de rescate, las escenas vividas en la estación por familiares y heridos, y las muertes inevitables. Y así podríamos seguir comparando y buscando.

En el contrato de lectura no importa sólo lo que digo, sino además cómo lo digo. Y es acá cuando nos encontramos con Benveniste y su teoría de la enunciación, que en resumen plantea que a cada enunciado (lo “que se dice”, el contenido) le corresponde una enunciación (la manera en la que lo digo, las “modalidades del decir”). El contrato de lectura, además debe ser aceptado por el lector, si el contrato de lectura no se mantiene en el tiempo, la sanción es concluyente: el lector lo abandona. El éxito depende de saber cambiar al mismo tiempo que lo hacen los enunciatarios. Tengo que creerle al medio, lo que me dice y cómo me lo dice me tiene que parecer, al menos, creíble, confiable, verosímil. La verdad ya es otra cosa.

Hay contratos de lectura simples, fáciles. Pero ¿Qué ocurre cuando el texto nos propone un contrato de lectura arriesgado? Me confieso una apasionada de la no ficción, ese universo ambiguo donde la realidad y la puesta en escena se dan la mano. En nuestra historia reciente hubo hechos que ameritaron un tratamiento distinto, contar los horrores inverosímiles de los que nos pasaba como pueblo, resultaba imposible. Cuando el horror parece mentira, la no ficción surge como remedio sanador. Rodolfo Walsh no podía creer lo que veía, no aceptaba lo que escuchaba , y sin embargo….

“Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:

–Hay un fusilado que vive.
No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.
Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto. ”

Así como Walsh cree lo increíble, acepta lo inverosímil, siento que nosotros vivimos a diario realidades fantásticas, otra que realismo mágico. El gordo Soriano también fue un gran no ficcionador (permítanme inventar este témino), lo mismo que Tomás Eloy Martínez.  Escribieron obras maravillosas sobre hechos ocurridos entre 1955 y 1983, y no es casualidad, la no ficción permitía si no entender, al menos acercarse a los hechos de un país que se caía, que se desmoronaba, de una sociedad que se callaba o se moría. Justo entre el ´55 y el ´83, la no ficción nace y crece con fuerza en nuestro país. Remedio literario y periodístico para narrar esos años de tristeza. A 36 años del golpe todavía me resulta increíble, todavía necesito creer que fue mentira. Pero no.

La Verdad es que tenemos 30.000 desaparecidos.

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