Piedra libre para todos los compañeros

Esta entrada va con dedicatoria, para la gente de Qomun

Cierro los ojos y vuelvo. Vuelvo a los años de escuela, al patio de los recreos, vuelvo a correr sin que me importe nada. Jugar a la mancha, al rango y mida, al elástico, a las escondidas y también al poliladron (“que me toque melón, melón, tu serás ladrón, por favor”). Los juegos compartidos, los juegos de a muchos. Se llamaba equipo. Nos habíamos peleado en clase, no me acordaba la fecha de tu cumpleaños, pero en ese momento, el mágico momento del recreo, éramos parte de un mismo equipo. Y sin discusiones. Abro los ojos, y tal como lo sospechaba, me encuentro sola frente a una pantalla. ¿Qué pasó entre esos años de juegos en común y el día de hoy? Lo que sigue, es una historia común y corriente.

Común: Que, no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios.

“Un caballo, un caballo. Mi reino por un caballo”

(William Shakespeare, Ricardo III)

Garrett Hardin fue un ecologista que se dedicó a estudiar el problema del crecimiento de la población en relación a los recursos disponibles. Este interés hizo que en el año 1968 escribiera uno de sus textos más populares, “La tragedia de los comunes”, donde hace un pronóstico bastante apocalíptico acerca del uso común de los recursos. Este fragmento explica su planteo:

“La tragedia de los recursos comunes se desarrolla de la siguiente manera. Imagine un pastizal abierto para todos. Es de esperarse que cada pastor intentará mantener en los recursos comunes tantas cabezas de ganado como le sea posible. Este arreglo puede funcionar razonablemente bien por siglos gracias a que las guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantendrán los números tanto de hombres como de animales por debajo de la capacidad de carga de las tierras. Finalmente, sin embargo, llega el día de ajustar cuentas, es decir, el día en que se vuelve realidad la largamente soñada meta de estabilidad social. En este punto, la lógica inherente a los recursos comunes inmisericordemente genera una tragedia. Como un ser racional, cada pastor busca maximizar su ganancia. Explícita o implícitamente,consciente o inconscientemente, se pregunta, ¿cuál es el beneficio para mí de aumentar un animal más a mi rebaño? Esta utilidad tiene un componente negativo y otro positivo.

1. El componente positivo es una función del incremento de un animal. Como el pastor recibe todos los beneficios de la venta, la utilidad positiva es cercana a +1.

2. El componente negativo es una función del sobrepastoreo adicional generado por un animal más.

Sin embargo, puesto que los efectos del sobrepastoreo son compartidos por todos los pastores, la utilidad negativa de cualquier decisión particular tomada por un pastor es solamente una fracción de -1.

Al sumar todas las utilidades parciales, el pastor racional concluye que la única decisión sensata para él es añadir otro animal a su rebaño, y otro más… Pero esta es la conclusión a la que llegan cada uno y todos los pastores sensatos que comparten recursos comunes. Y ahí está la tragedia. Cada hombre está encerrado en un sistema que lo impulsa a incrementar su ganado ilimitadamente, en un mundo limitado. La ruina es el destino hacia el cual corren todos los hombres, cada uno buscando su mejor provecho en un mundo que cree en la libertad de los recursos comunes. La libertad de los recursos comunes resulta la ruina para todos.” (1)

Este trágico pronóstico fue la base de su trabajo, y se asemeja al peor escenario de una historia de ciencia ficción, de esas bien apocalípticas, donde la gente se mata (literalmente) por un poco de comida. Pero, lejos de ser ficción, estas ideas están alineadas en muchos aspectos con la norma dominante. Y si no, pensemos las políticas que los estados y las sociedades tienen sobre sus recursos naturales. Grandes extensiones de tierras en manos de unos pocos, la explotación minera a cielo abierto a cualquier costo o los cultivos transgénicos pese al deterioro del suelo. Por si aún no les quedo claro, los invito a ver este video:

Por suerte, como bien señala el video, hay quienes se le animan a una alternativa: Elinor Ostrom, economista ganadora del Nobel, plantea que esta cuestión hay que pensarla a partir de dos elementos: los ciudadanos y la gobernanza policéntrica de los recursos naturales. Uno de los aspectos más interesantes de la investigación de Ostrom es que frente a la pregunta obvia de ¿Porqué alguien debería hacer algo si no es en beneficio propio? La respuesta es que nadie hace algo por otro a quien no conoce. Por lo tanto, y como consecuencia de esta idea, en las comunidades donde existen lazos entre quienes explotan en cómun un recurso, la sobreexplotación no ocurre. Los miembros de estas comunidades se ven a ellos mismos como parte de un equipo (igual que en un juego): cuando alguien toca la pared y grita “piedra libre para mí y para todos mis compañeros”, no sólo se salva a él mismo, sino que sabe que está haciendo algo para beneficio de otro. Y también sabe que ese “otro” es su compañero, es parte de su equipo. Tras la aparente banalidad del juego, lo que se hace evidente es la fortaleza de los vínculos entre los miembros del equipo. De la misma manera, allí donde los individuos mantienen lazos entre sí, el bien común parece estar por encima del beneficio individual.

“La comunicación da a los participantes, la oportunidad de analizar su forma de entender la estructura del escenario, y la manera de mejorar los resultados conjuntamente. ” No parece tan dificil, y sin embargo, nos cuesta pensar colectivamente. La clave parece ser la comunicación. Ostrom señala tres variables importantes a la hora de pensar y actuar para el bien común: la identidad, el contexto grupal en el que toman decisiones, y la reciprocidad para ganarse la reputación de ser confiable. A riesgo de ponerme insistente parece que la confianza juega un papel central, pero pensar cuestiones económicas en términos de comunicación y confianza no es algo a lo que el capitalismo nos haya acostumbrado. Pero esto sigue, porque a la comunicación entre los individuos también hay que sumarle la comunicación con las instituciones ya que “los valores individuales en sí no son suficientes para solucionar los problemas de esta índole. Sin instituciones que faciliten la construcción de reciprocidad, confianza y honradez, los ciudadanos enfrentan un reto real”.

Y es acá donde entra la importancia de las instituciones, pero no de cualquier institución ni de cualquier manera: “Un sistema robusto de gobernanza reconoce el aspecto multiescalar de la gobernanza de los recursos naturales, al igual que la presencia de los incentivos individuales, y busca corregirlos.” Es decir, existen normas que dicen quienes pueden participar de la explotación de los recursos y de qué manera deben colaborar (incluso económicamente) para la manutención de los mismos. Y también existen normas que dicen a quienes excluir. Pero lo central es que las mismas no basan su autoridad solamente en el lucro,sino que están basadas en otros objetivos diferentes a la obtención de ganancias (que sería el leit motiv de cualquier empresa privada), la finalidad de estas normas es otra: es el bien común. Cuando lo que se persigue es el bienestar de todos (y no la ventaja de uno solo) las normas son bien entendidas, aceptadas y hasta necesarias. “Un atributo esencial de normas eficientes es que las reglas deben ser conocidas y entendidas de manera general. Deben considerarse legítimas, seguirse regularmente y hacerse cumplir. ”(2)

Entonces sí. Ahora sí. Cierro los ojos y lo veo clarísimo. Veo a alguien que atraviesa corriendo el patio, veo a otro que se da cuenta de que no va a llegar pero aún así emprende la carrera. Veo al resto: expectantes, con el aliento contenido, con el grito estallando en la garganta. Ahora sí, ahí va. La mano toca la pared y el grito se eleva desafiante: “piedra libre para todos mis compañeros”, y la alegría es inmensa aunque la campana nos diga que se termina el recreo. Para todos. Para mis compañeros.

(1) Hardin, Garrett, “La tragedia de los comunes”, en Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, año/vol. 4, número 010. Universidad Bolivariana. Santiago, Chile. Este artículo fue publicado originalmente bajo el título «The Tragedy of Commons» en Science, v. 162 (1968), pp. 1243-1248.

(2) Las citas pertenecen al texto de Ostrom, Elinor El gobierno de los bienes comunes desde el punto de vista de la ciudadanía en Silke Helfrich (compliadora) “Genes, bytes y emisiones: bienes comunes y ciudadanía”. Ediciones Böll. 2008.

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4 comentarios en “Piedra libre para todos los compañeros”

      1. Me quedé pensando en la visión del cosmos de nuestros pueblos originarios (y los de otros pagos), que sacan del centro al ser humano y generalizan aún más el concepto de “lo común” ¿Común a quienes? A todos… pero todos-todos ¿eh?
        “Pachamama te veo tan triste…”

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