El saber desigual

Tengo una amiga que vive en Estados Unidos y decidió volver a la universidad después de varios años. A sus lectores ocasionales nos deleita con sus apreciaciones sobre la vida universitaria, el estudio y  los profesores. Sobretodo los profesores. En estos días está escribiendo sus máximas que comienzan con un ” When I’m a professor…”

Una de estas máximas asegura:

“El hecho de que uno de mis profesores quiso aparentar que sabía quién es Salman Rushid quedó claro cuando lo llamó “Salmon Radish” (Salmón Rábano) una semana después.
Cuando yo sea profesora, nunca voy a querer aparentar saber cosas que no sé”

Divertida y clara. Evidentemente, hay mucho que no sabemos y que jamás sabremos. Esa idea de que el maestro es el que sabe y el alumno es el que aprende todo lo que no sabe, puede haber funcionado por mucho tiempo (y créanme que sigue funcionando: conozco varios profesores y maestros en su torre de marfil), pero ya no. En estos días estuve leyendo “El maestro ignorante”, uno de los textos más interesantes del filósofo Jacques Rancière. Si quieren pueden leerlo acá

En su libro Rancière habla de la experiencia del maestro francés Jacotot, quien a principios de 1800 desató varias polémicas y escándalos. A Jacotot (a quien ya empecé a querer) se le ocurrió decir que los alumnos pueden aprender solos, sin necesidad de la explicación de sus maestros. Epa! Ya los estoy viendo: son el ejército de los profesores y maestros explicadores. Se paran frente a clase y no paran. Yo también fuí así (y lo sigo siendo). Repetimos el modelo tradicional de escuela que vivimos (dicen que como maestros y profesores repetimos mucho de lo que vnos sucedió como alumnos). La pregunta es si hoy sigue siendo necesario pararse frente a una clase a explicar. Admito que es lo más fácil y es, además, lo que aprendimos por experiencia pero es un buen momento (justo antes de que empiecen las clases) para pensar si este año vamos a repetir el modelo explicador.

La muerte del maestro explicador

La pregunta es obvia: Si no van a explicar, ¿Para que están los maestros entonces? Rancière es claro y dice que de lo que se puede prescindir es de la explicación, pero no de los maestros. El rol docente no es simplemente transmitir conocimientos. Para Jacotot se partía de una idea errada que es la de oponer la ciencia (o el saber erudito) a la ignorancia. Si partimos de la idea de que esta oposición no existe, es decir que no hay sabios e ignorantes, entonces estamos frente a un panorama que permite la emancipación. Lo voy a decir más claro: si deja de considerarse al alumno como un ignorante, y el maestro en lugar de explicarle todo, lo empuja a aprender por sí mismo, lo que ocurre es que los alumnos descubren sus propias capacidades. El maestro (el buen maestro) es aquel que obliga a actualizar la capacidad de sus alumnos de aprender por sí mismos. No los lleva de la mano indicándoles, señalándoles, sin soltarlos; les pregunta para guiarlos discretamente, los interroga pero también comprueba que pongan atención en lo que indagan y en lo que hacen. Para Rancière, la educación, se trata de una cuestión que tiene que ver más con la voluntad y con la libertad que con un traspaso de saberes. Para Jacotot el secreto de los buenos maestros no era transmitir conocimiento, sino preguntar desde la ignorancia, como iguales, para lograr la emancipación. El buen maestro comprueba que el alumno busca continuamente, y lo mantiene en su rumbo.

Existen varias líneas en este sentido, a mí particularmente me gusta la idea del diálogo y de la esperanza en Paulo Freire y también el movimiento Edupunk. ¿Y qué es lo que me gusta de todo esto? Una de las cosas que más me interesa es que acepta la diferencia. Cada vez que digo que el mayor problema que enfrento en mis clases es la diversidad, muchos me miran de reojito. Pero sería una insensatez suponer que la escuela iguala. Para mí, en todo caso tiende a la homogeneización. Porque es fácil dar la misma clase para treinta pibes pero, lamentablemente (o afortunadamente) son 30 clases diferentes, porque son 30 individuos diferentes. Pequeño lío esto de la educación individualizada en sistemas como el nuestro que amontonan pibes en las aulas y nos hacen ir de una escuela a la otra sin tener tiempo de pensar la clase. Lejos estamos del modelo finlandés, aquel que propone una educación individualizada y entre muchas cosas más, insiste en reducir las explicaciones de los docentes a un tercio de sus clases. No podemos tomar todas las características de ese modelo y trasladarlas como si nada a nuestras aulas, simplemente no se puede, pero ¿No es curioso que tanto Jacotot como estos escandinavos afirmen que hay que cortarla un poquito con tanta perorata explicativa? Entonces estamos de acuerdo, hay que explicar menos, pero hay que enseñar.

Docentes al borde de un ataque de nervios

Si ya no voy a explicar tanto, la cuestión es qué hacer durante las clases. Existen opciones, modelos, métodos o como se llamen, muy interesantes para aplicar en las aulas como el aprendizaje por proyectos (dentro del cual está el famoso Modelo Big 6) o el estudio de casos. Pero aún así pareciera como que falta una mirada más global. No se trata de trabajar algunos contenidos de algunas materias de manera novedosa. Hay que cambiar las mentes (las de los profesores, claro). Entre las propuestas más novedosas y difíciles de llevar a la práctica, me quedo con la idea de que las aulas deberían convertirse en grandes laboratorios. En los laboratorios se experimenta, se trabaja en equipo, se prueba, vale equivocarse, el error no se desestima sino que se tiene en cuenta, los logros se festejan, cada paso es un avance (sea en la dirección que sea), se hacen preguntas, intentan contestarse, se sostienen hipótesis y se refutan, se repregunta, se reflexiona pero también se hace, se toman decisiones y sobretodo, se colabora.

Un ejemplo interesante de cómo llevar esto a la práctica, es la experiencia de Alejandro Piscitelli, quien en su materia Procesamiento de datos (perteneciente a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA), intentó darle una vuelta de tuerca a la crisis universitaria. Piscitelli reflexiona sobre lo hecho y en su balance afirma: “llama más la atención lo poco que pudimos cambiar (en términos pedagógicos y didácticos), que lo distinto que lo hecho puede aparecer a los ojos de los estudiantes (y también de muchos docentes, incluso algunos propios) en nuestra “inversión” en el modo de dar (o dejar de dar) clases.” (1) La pregunta es cómo hacer para que mis clases dejen de ser maratones extenuantes de explicaciones y se parezcan un poco más a un laboratorio, una suerte de hacklabs educativos. Los dejo con esta pregunta – que es también la pregunta que seguramente me acompañará, me torturará, durante todo el año escolar – y con una recomendación: la lectura de esta entrevista a François Dubet donde explica (no le quedó otra) porqué la escuela no ofrece las mismas oportunidades.

(1) La cita corresponde a “La 2da Vuelta de #Datos2012 a la luz del 4to Intercátedras”, entrada de su blog que pueden leer aquí.

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